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LA MOMIA QUE SIGUE CON LOS OJOS ABIERTOS

Había una vez...


La momia que sigue con los ojos abiertos 👀

Cuentan que hubo un fraile que vestía con un tosco hábito y calzaba humildes sandalias, llevaba una vida de austeridad y sacrificio.

 

Este sacerdote fue muy querido por sus virtudes, pues confortaba a los tristes y compartía la mesa con los pobres.  Sus obras de caridad fueron legendarias.

 

Dicen pues que una vez, al cruzar por la plaza del Baratillo, tropezó con un sujeto que gozaba de fama por su incredulidad.

 

-Apuesto que usted, padrecito, no se atreve a tomar una copa conmigo- dijo burlándose del anciano cura.  El ministro, con toda humildad le  contestó: -Gracias hijo y que Dios te perdone- y siguió su camino. El sujeto sarcástico, a pesar de su briaguez, pudo darse cuenta, con profundo asombro, que el sacerdote no tocaba el suelo con los pies, más bien levitaba unos centímetros por encima del pavimento.  De momento lo atribuyó a los efectos de la bebida pero, mirándolo con atención, comprobó que más de un ser humano, el fraile era un espíritu.

 

Algunos días más tarde, el sujeto sufrió un accidente en la mina en la que trabajaba y, sintiéndose morir, se acobardó implorando que lo llevarán ante un padre para confesar sus pecados. Así lo hicieron sus compañeros.

 

-Padre- dijo con voz entrecortada- me acusó de haber cometido muchos pecados en mi vida, de haberme burlado de un sacerdote hace poco.

 

El sacerdote volteó a ver al moribundo y le contestó:    -quedas perdonado hijo, ese padre al que intentaste ofender, soy yo.

 

El moribundo se cimbró y, con los ojos desorbitados por la impresión, mirando fijamente al religioso, exhaló su último suspiro.

 

Cuentan que entre las momias encontradas en el panteón, está el cuerpo de aquel minero que conserva la expresión de horror en su rostro, con las cuencas de los ojos vacías y una mueca de espanto que no se quita ni con la muerte.

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