Había una vez...


Don Melchor y su carruaje Satánico

En una de las casas ubicadas en la Plaza del Baratillo , la de la hermosa fuente florentina y emblemáticos delfines , a las más inciertas horas de la noche , una luz radiante desprende su fulgor en el interior de un zaguán. Unos pocos testigos veían en aquel sitio una de las bocas del infierno , más aún cuando de pronto, el portón se abría rechinando de par en par; desde donde partía un carruaje negro tirado por turbulentos caballos del mismo color de la noche.

 

Más tarde, numerosos parroquianos declaraban, aún con el corazón sobresaltado, que habían escuchado a la misma hora por distintos rumbos de la villa de Guanajuato, el paso del siniestro carruaje y coincidían en que los había estremecido haber escuchado el insoportable chirrido de los ejes del carruaje, un sonido de cadenas y aseguraban oír la voz del mismo diablo y un olor insoportable a azufre que se apoderaba dela aire nocturno.

 

CUENTA LA LEYENDA QUE... Después de muchos años en los que la suerte había beneficiado económicamente a una sociedad de amigos, uno de ellos Don Manuel Cabrera, falleció al cabo de un doloroso y enigmático padecimiento. En el curso de su agonía nuestro acaudalado moribundo le encargó a su socio y fiel amigo, Don Melchor Campuzano, que repartiera entre los pobres de Guanajuato y de mano propia la riqueza que en vida había acumulado, pensando que con este acto caritativo se ganaría la gloria que todo mortal cree merecer.

 

Don Melchor era inconfundible, delgado hasta los huesos, de piel muy reseca y pálida, ligeramente encorvado, de manos huesudas y frías. Era también portador de un penetrador olor a encierro. Su rostro era escenario de un garabato de sonrisa, mitad bondadosa, mitad cínica.

 

Salió pues a cumplir con la encomienda y se puso manos a la obra, con cierto entusiasmo fue convocando discretamente a los más necesitados guanajuatenses. Abrió las puertas de su casa y dio una muestra de espíritu generoso, desde luego era una cansada tarea, al terminar el día cerraba el zaguán y se retiraba a su habitación, desconocemos si alguien lo vio, pero existe la sospecha de que, una vez a salvo de las miradas indiscretas, vaciaba el dinero de las bolsas y acariciaba cada moneda, al tiempo que las volvía a contar.

 

No mucho tiempo después anunció que la fortuna de Don Manuel Cabrera estaba a punto de agotarse; justamente cuando la gente comenzaba a rumorar que Don Melchor se había quedado con la mayor parte del caudal, indignado ante tales murmuraciones, decidió suspender para siempre la entrega de esta fortuna y, entristecido por esa ingratitud , deicidió también que nadie volviera a cruzar el umbral de su casa.

 

Mientras tanto las opiniones en el pueblo se habían malentendido. Varios elogiaban su diligencia y su generosidad, mientras que otros, no pocos por cierto,  condenaban su inocultable avaricia. Esa rivalidad de opiniones duró hasta el día en que don Melchor Campuzano exhaló el último aliento y no no concluyó ni cuando el cortejo fúnebre lo trasladaba hacia el camposanto.

 

En aquel día cargado de nubes a eso de las tres de la tarde, el cortejo atravesó la plaza de la Paz. Sombrío, siguió el curso de lo que hoy llamamos Avenida Juárez y se detuvo por un momento frente al templo de Belén, antes de proseguir su camino hacia el panteón municipal. En la Calzada de Tepetapa un agujero entre el camino sacudió con violencia la vieja carroza que transportaba al difunto. Por efecto de este golpe la tapa del féretro se levanto por unos segundos, y la mano huesuda de don Melchor Saltó a la intemperie y quedo atrapada en las fauces del ataúd.

 

El sacerdote que presidia la comitiva fúnebre advirtió de inmediato el incidente y ordenó con discreción que el carruaje aminorara el paso y él mismo, con disimulo, se dispuso a recomponer las cosas.

 

Apenas sostuvo la mano del difunto , el sacerdote la soltó con espanto ¡Dios nos proteja! ¡Don Melchor arde!

 

Dicen que gritó aterrorizado  y hay quienes dicen además que el mismo muerto, con voz sepulcral y dura, confesó en seguida al asustado clérigo su arrepentimiento. Aunque no tardo también en arrogar una cínica carcajada espeluznante.

 

Dicen que desde aquel entonces algunos lo han escuchado e incluso hay quienes juran haberlo visto por las calles de esta ciudad...¿Y tú...lo has escuchado?