Había una vez...


El callejón de Tanganitos

Justo por la Plaza de Mexiamora se encuentra una casita de minúscula fachada, donde a mediados del siglo XVII habitó un hombre malvado llamado Dionisio, a quien todos conocían en el barrio como “el encuerado”, y no precisamente por andar medio o completamente desvestido, sino porque habitualmente vestía un añejo traje de charro de gamuza color café, con muchas bordaduras de pita y con botones de acero, como los vaqueros de las antiguas haciendas mexicanas.

 

Este malhechor era tuerto, ya que había perdido un ojo en una riña, y cubría el hueco de su cuenca con su alborotado cabello que caía en ese lugar de su rostro. Era muy amargado; riñas sangrientas y robos complementaban su personalidad, lo cual hacía que pasara varios días preso en la cárcel de los Arcos.

 

Tenía como esposa a una mujer mansa y sufrida, que con lamentable frecuencia era blanco de sus satánicos corajes. En una ocasión llegó dando de gritos a su pobre hogar en el que su esposa se dedicaba a sus quehaceres domésticos, moliendo maíz en el metate o cuidando el hervor de las ollas que se le juntaban en el fogón. Esta mujer tenía como acompañante un pequeño perrillo en quien ella concentraba lo más tierno de sus afectos para corresponder a su noble lealtad.

 

Hasta el más cruel verdugo era un santo junto a este frenético Dionisio, que entretejía gritos con blasfemias y con desvergüenzas, la mayoría de las veces desquitaba su coraje con su pobre mujer que, generosa y dulcemente, encaraba aquellas furias con persuasivas razones y bondadosos ofrecimientos.

 

–Ven, viejito… –decía risueña, forzándose por sonreír–. Ya está tu sopita. Ven, come algo, duermes un rato y verás cómo te compones.

–¡Yo sabré lo que hago, vieja tal por cual!–, y diciendo otras groserías similares le dio a su mujer tan tremendo bofetón que la hizo caer de espaldas sobre el brasero. El fiel animalito le ladró al pelafustán con indignada furia mordiéndolo en la pierna, y tanta fue la ira de Dionisio que tomó al perrito por el cuello y lo cargó por varios segundos sacudiéndolo con satánica furia, pues al parecer el diablo le aconsejaba hacer más grande el sufrimiento de la pobre mujer y aquel indefenso animal.

 

Obligó luego a su mujer a dejar la Plaza de Mexiamora tomando del brazo a la pobrecilla, que lloraba y gritaba presintiendo algo verdaderamente terrible, y sujetando con la otra mano al perrito, que se agitaba aullando dolorosamente, los condujo a una casucha que tenía en un solitario callejón cercano que sería la meta de su crimen, y a la que se dirigió subiendo por Perros Muertos que desemboca en Mexiamora.

 

Entraron a la casucha, donde dijo el rufián a su adolorida esposa:

–¡Voy a hacerte lo mismo que le haga a este animalucho!–, y sacando de un rincón un machete, de cuatro machetazos mutiló las patas del perro, que aullaba espantosamente, y que todo desangrado moría lentamente hasta quedar sin vida poco después.

 

La mujer se arrastraba suplicando clemencia con gritos desesperados, pero esa piadosa palabra era desconocida para este Dionisio. Arrojándola al suelo y a pesar de que ella forcejeaba desesperadamente, fue vencida, y entonces el infame asesino le cortó de varios golpes los huesos de las manos; y luego, dejándola revolcando desesperadamente en medio de dolorosos espasmos, la abandonó a su suerte.

 

Muchas personas escucharon los alaridos de la mujer, pero conocedoras de la ferocidad del terrorífico Dionisio, e invadidas por el terror que les inspiraba, se abstuvieron de intervenir, hasta que vieron bajar al hombre tambaleándose y retador. Entonces subieron para auxiliar a la mutilada mujer, que toda desangrada entraba ya en un periodo agónico; el impacto que le produjo el terror, el desangrado y la infección que llegó rápido a las heridas, acabaron pronto con la vida de aquella infeliz.

 

Se llevó la denuncia de los hechos hasta las autoridades, y ante la intervención de éstas se calmó el terror que amedrentaba a todo el barrio. Dionisio fue atrapado y luego fusilado frente a la casa de don Manuel Morales.

 

En el lenguaje coloquial la gente del pueblo nombraba tanganitos a los huesos que integran los dedos de las manos. Y por eso aquel callejón que fuera escenario de la tragedia, para lo sucesivo se denominó “el callejón de Tanganitos”.

 

Fuente: Croniquillas de Guanajuato - Manuel Leal