Se trata de un pintoresco y angosto callejón que se encuentra a un costado de la subida a la preparatoria, tiene una entrada por la bajada de Carcamanes, podemos realizar el recorrido del callejón, hasta llegar a la bajada de la Alameda.

En aquel entonces la ciudad no contaba con luz eléctrica, y la toma de agua era en las plazas públicas, en las fuentes. Existía en este callejón una casa que era habitada como vecindad, tenía un gran patio donde los chiquillos que allí vivían eran la alegría del lugar. Los moradores de la vecindad eran muy unidos, semana a semana realizaban agradables fiestas, ya que las familias que vivían ahí eran muy numerosas, no faltaba la ocasión para hacer una gran fiesta.

 

Cierto día llegaron a vivir ahí unas personas que se notaba que eran de habían sido de gran abolengo, eran cuatro miembros en la familia. No hacían plática con nadie, se apartaban de todos como si estuvieran apestados, incluso, el jefe de la familia edificó dentro de uno de los cuartos un pequeño tejabán para que la señora lavara y no tuviera que salir al patio como las demás mujeres.

 

Se veía que no vivían a gusto en el lugar y cuando se les veía por allí, se notaba su descontento, los niños atisbaban por las ventanas a los chiquillos “pobres” que corrían por el patio, pero no podían salir, pues su condición de abolengo no les permitía juntarse con ellos. Los vecinos los invitaban a las reuniones que hacían, trataban de relacionar con ellos, pero ellos no daban pauta, no les agradaba entablar ningún tipo de amistad.

 

Entonces en el callejón no había tantas casas, existían terrenos llenos de árboles, y justo a un costado de la casa, empezó a crecer un mezquite que poco a poco fue llenándose de ramas verdes y frutos largos que eran la delicia de los niños del rumbo. Diariamente los niños iban a la sombra del mezquite a jugar, sus ramas servían para poner columpios y  a comerse sus frutos, pareciera que por cada mezquite que los niños cortaban salían diez, el árbol creció rápidamente, y sus ramas se recargaban en la barda de la vecindad, eran tan fuertes que no solo daban sombra, también servía para que los enamorados subieran por ahí a ver a las niñas, que aún no les daban permiso para tener novio.

 

Era tal la algarabía que los pequeños sentían al jugar bajo su sombra, que cariñosamente le llamaron mezquitito, decían que jugaban con su amigo el mezquitito. Inexplicablemente las ramas de este árbol llegaron hasta la vivienda de los vecinos incómodos en su techo y se expandieron dos grandes ramas, una quedó colgando exactamente en la ventana de la cocina de doña Rosa María,. Así se llamaba la vecina, tapaba un buen pedazo de la misma, y por más que se le cortaba la rama, ésta volvía a crecer. Cierto día, molesta por la situación salió con un machete para cortar la rama llena de rabia. Pues todo eso le molestaba sobremanera.

 

Era tal su ira que gritaba como desquiciada: “No es posible que hasta los árboles nos molesten en este lugar,  no sólo los vecinos, sino también las plantas, estoy harta de esta vida miserable”. Su esposo y sus dos hijos llegaban en ese momento y fueron testigos del coraje de la mujer, quien enloquecida tiraba de machetazos a diestra y siniestra. Su esposo al tratar de detenerla recibió un fuerte golpe en el brazo izquierdo, el hijo mayor de la familia también recibió un machetazo en la pierna. De pronto, quizá enfadado por la situación, el mezquitito como que cobró vida y dejó caer la rama sobre la histérica mujer y la tumbó noqueándola, solamente así detuvo su intento suicida. Todo era un caos, confusión, gritos, llantos, golpes, hasta que se escuchó una voz que gritaba: orden, orden, era la guardia que venía a ver qué pasaba, uno de los vecinos había llamado a los gendarmes, una ambulancia se llevó a los heridos al hospital general, allá por el rumbo de La Presa de la Olla.

 

Doña Rosa María fue a la cárcel y no salió de ahí hasta que cumplió una condena de diez años, por intento de asesinato en contra de su esposo e hijos y por alterar el orden, en todo ese tiempo, no recibió ninguna visita de sus familias. Se llegó el tiempo y Rosa María salió de la cárcel, con paso cansado se dirigió a su casa en la vecindad, pero su familia ya no vivía allí, los vecinos le dijeron que su hija se había casado y vivía en la ciudad de México con un militar y que su esposo había formado otra familia y vivía con sus dos hijos por el barrio de Tamazuca, y vivían muy desahogadamente.

 

Era tal el sufrimiento y arrepentimiento de Rosa María, que se sentó a la sombra del mezquitito, el cual ya era un árbol maduro y muy grande. Diariamente por las tardes acudía a sentarse bajo su sombra, y por la noche tendía unos cartones y ahí se dormía. Así pasaron los años, vivía de la caridad pública y vivía a la sombra del mezquitito, hasta que la tristeza y el poco alimento que tomaba, hicieron su cometido. Rosa María Amaneció muerta bajo las ramas del mezquite que tantos dolores de cabeza le había causado.

 

Una de las ramas del árbol que casi rozaba el suelo y se veía que cubría su inerte cuerpo, parecía cobijarla, por lo que los caritativos vecinos pidieron permiso al sacerdote de la Basílica para darle sepultura a la sombra del mezquite, su última morada.

 

Por muchos años más estuvo el robusto árbol en ese lugar, hasta que el crecimiento de la ciudad llegó hasta él, y no hubo más remedio que cortarlo de raíz para en su lugar poner una casa. Cuentan que a la fecha, a un costado de la vecindad se escuchan gritos y llantos acompañados de golpes. ¿Sera el alma de Rosa María que no alcanza el perdón divino, o será que el derruido mezquite recuerda a quien por allí camina que en ese lugar nació y vivió una tragedia bajo sus ramas? Lo cierto es que quien escucha eso, se santigua y pasa de prisa por el lugar. Según cuenta don Lalo, que ese es el origen del nombre del callejón desde entonces es conocido como Mezquitito. ¿Verdad o mentira?, eso es a criterio de usted, querido lector.