Había una vez...


El crimen de la Presa de la Olla

Hace algunos años. llegó a México un rudo montañés que en su lugar de origen llevó la dura vida de pastor de ovejas. Ya en nuestro país, la fortuna no le sonrío de manera diferente, ya que se empleaba en trabajos rudos, humildes y mal pagados, pero a fuerza de perseverancia y honradez, logró amasar una cuantiosa fortuna, que lo convirtió más tarde en un próspero agricultor. Se casó con una bella mujer que le dio un hijo, pero éste no heredo las virtudes de sus padres, condición de muchos niños que nacen como dicen por ahí, con la mesa puesta.

 

Así fue Gaspar, rudo y egoísta, aunque por fortuna sus padres no alcanzaron a advertir sus defectos, pues fallecieron en una epidemia de tifo cuando él era aún un niño. Ya de adulto conquistó el amor de una hermosa española llamada Isabel, hija de unos acaudalados comerciantes. La joven era tan bella, que se podría pensar fue esculpida por los mismos ángeles. Por desgracia, Gaspar era agrió y de un humor insoportable. Al inicio de la luna de miel, se mostró meloso, pero pronto eso cambió: carecía de comprensión y por más que ella se esforzaba, mostrándole una gran y hermosa sonrisa, él le respondía con desdén.

 

Un día al llegar Gaspar ella quiso sorprenderlo con gozo y un gran beso y le dijo: voy a darte una sorpresa. Estoy segura que te chuparás los dedos con este filete que te preparé.

- ¿A eso llamas banquete? Ni en un millón de años. Eso dáselo al perro-. Y le arrojó al perro esos manjares que su mujer había hecho con tanto esmero y cariño. Ella volvió el rostro y se retiró llorando.

 

-¿Sabes? No me gustan las escenitas en mi casa. Así que azotó la puerta y salió diciendo mil maldiciones. La pareja jamás recuperó la paz hogareña a pesar de vivir en uno de los hogares más hermosos que se encontraban cercanos a la Presa de la Olla. 

 

Muchos pensaban que la felicidad de los esposos volvería al tener un hijo que los uniera nuevamente, pero pasaban los años y la anhelada cigüeña no llegaba. Lo más probable es que la infertilidad proviniera de él, pero como era costumbre de la época, él culpaba a su esposa. El despotismo del varón creció de tal manera que le echó en cara la necesidad de buscarse una amante, la cual encontró a la brevedad. La amante de Gaspar era una mujer de vicios a quien llenó de obsequios e instaló en una hermosa residencia.

 

Así llegó un momento en que la esposa de Gaspar se convirtió en un estorbo para él y una noche de luna llena, éste entró en la cocina y habló con la servidumbre. Luego se dirigió a su esposa, tratándola con inesperado mimo, le habló de arrepentimiento y para sellar su reconciliación, la invitó a dar un paseo para admirar las obras cercanas a su hogar. Fue tan sorpresivo su cambio que Isabel había perdido la costumbre de ser  tratada así, y no sabía que actitud tomar, pero gustosa accedió. La pareja caminaba tomados de la mano como novios quinceañeros. En una explosión de alegría, jugando con ella, la tomó entre sus brazos. Isabel estaba feliz. Gaspar había buscado un sitió donde el bordo era más bajo y la arrojó a la presa. Se oyó un grito espantoso invocando a Dios, un chapoteo en el agua al que siguieron unos círculos. Después, la paz volvió a reinar aquella noche idílica. Gaspar volvió serenamente a su casa, había contado a la servidumbre que su esposa había salido de viaje, que iba a España y que tardaría en regresar, Pocos días después flotó el cadáver.

 

Gaspar se fingió totalmente inconsolable y exhortaba a las autoridades para que se hiciera justicia, lo que él no sabía es que las pruebas comenzaron a acumularse en su contra. La servidumbre dio testimonio de l maltrato que el esposo había dado a su víctima, y entre otras pruebas acusadoras, fueron estrechándose las sospechas. Una noche fue a refugiarse a la casa de su amante, en donde con coraje, la insultó por tonterías; pero al día siguiente amaneció muerto a causa de un poderoso veneno. Nadie sabía si se había suicidado por la culpa o si su muerte fue ocasionada por su amante.

 

Dice la gente que el fantasma de Isabel se aparecía todavía en el siglo pasado, por la Presa de la Olla, llorando y quejándose de su infortunio.