Había una vez...


El fraile que salvó a Guanajuato

A raíz de la sangrienta lucha que se libró en la Alhóndiga de Granaditas el 28 de Septiembre de 1810 donde quedaron frente a frente los heroísmos de Hidalgo, encabezando a los rebeldes y del intendente Riaño, al frente de los realistas, hubo un hecho también de gran significación:

Felix María Calleja, por entonces Genral y jefe del Éjerctito del Centro, al tener noticia de la terrible matanza que habían sufrido los defensores de la Alhóndiga de Granaditas, hizo un viaje especial desde la ciudad de México a esta población.

 

Avanzó hacia Guanajuato por el camino de la Valenciana en medio de la noche helada, con un numeroso ejército y una idea que le quemaba las entralas: vengar la afrenta y la derrota del éjercito realista por parte de los insurgentes. Era tal su cólera que, ya dentro de la ciudad, ordenó al Conde de la Cadena, Don Manuel Flón, a quien el pueblo llamaba “El Chacal de los ojos verdes” por su bien sabida crueldad, que las campanas tocaran a degüello, una despiadada orden militar para que las tropas entraran a arrasar con cualquier civil que estuviera en la calle o que se rindiese cortándole el cuello de oreja a oreja sin piedad ni descanso hasta formar un río de sangre que cubriera cada rincón de la ciudad para mostrar el poder y el dominio de la Corona Española.

 

Cuenta la tradición que cuando el Conde la Cadena, Don Manuel Flón iba a cumplir su cometido montando un brioso caballo, salió a su encuentro el sacerdote fransicano Fray José María de Jesús Belaunzarán, entonces Ministro de Terceros en Guanajuato, y con un crucifijo en la mano ordenó al jefe militar a desistir de su macabro plan, a la vez que con su propia mano sujetaba la rienda del animal.

 

-Señor- le dijo en estas palabras-esta gente no tiene la menor culpa; en nombre de Cristo Nuestro Señor, yo le pido que revoque esas órdenes y perdonen ustedes a quienes no han hecho daño a nadie.

 

El jefe militar titubeó por unos instantes pero la presencia del Padre Belaunzarán y la vista del crucifijo, removieron las fibras más ondas de su conciencia de hombre creyente y temeroso de la voluntad de Dios, por lo que sin agregar palabra, cambió el rumbo que llevaba y sus hombres lo siguieron. Aquella terrible orden jamás se cumplió.

 

 

La hazaña de este sacerdote quedó olvidada por muchos años, hasta que un estimado artista guanajuatense, Don Manuel Leal, sugirió nombrar la calle que está sobre un tramo del río Guanajuato, en honor al fraile franciscano Fray José María de Jesús Belaunzarán.