Había una vez...


La magnífica en el Mesón

Cuando la voracidad de peninsulares y criollos ya deforestaba sin tiento la región guanajuatense, allá por los sombrados caminos del Monte de San Nicolás, un día dos mineros –uno joven y el otro de incontables mañas coincidieron en su trayecto hacía la Villa de Guanajuato. Cada uno padecía sobre sus hombros la carga de un costal de piedras de mineral de oro y plata, y de tanto en tanto se detenían bajo las sombras de los encinos a descansar y a tomar el fresco.

 

Ambos, al menos así lo habían confesado, tenían la intención de vender sus respectivos tesoros, y, sin otro ánimo, regresar también a sus respectivos hogares.

 

Entrada la noche el viejo no veía la hora de hurtarle el costal a su compañero, pero como no encontró la ocasión, le propuso comprárselo.

A la altura de la iglesia de San Francisco rumbo al Mesón de San Antonio, el veterano de mil batallas y correoso minero, no había logrado convencer al inexperto aunque receloso jovenzuelo, dejando para otro momento la oportunidad de hacerse de la preciada carga.

Así las cosas y animados por la plática llegaron hasta las puertas del mesón. Al galerón donde dormirían, entraron con su costal a cuestas, tendieron su petate y se dispusieron a descansar.

 

En medio del bullicio de la gente, del cacareo de gallinas y gallos, de los rebuznos de mulas y burros, de los relinchos de caballos, los berridos de las cabras; a pesar de aquel ruido de feria y de la desconfianza hacia los demás forasteros y principalmente hacía su compañero, el joven empezó a cabecear. A punto de dormir, le vino a la cabeza la idea de tomar precauciones y abrazó con fuerza su costal, se encomendó a la Virgen y rezó La Magnífica en los momentos, tres para ser exactos, en que el sueño aún no lo vencía.

 

"…Extendió el brazo de su poder y disipó el orgullo de los soberbios, trastornando sus designios. Desposeyó a los poderosos y elevó a los humildes. A los necesitados los llenó de bienes y a los ricos los dejó sin cosa alguna…"

 

Hacía la media noche disminuyó el bullicio y sólo quedaba la luz de los quinqués, los ronquidos y la respiración relajada de los huéspedes; solamente uno no dormía pues en el espesor de la oscuridad se podía distinguir un par de ojillos codiciantes que se mantenían alerta.

 

Hacia la madrugada, el curtido gambusino (minero) empuñó el silencio y con cautela su afilada guaparra  (así nombran a los machetes). Se incorporó para descargar sobre el mozo un mortífero golpe, pero cuando alzó el arma se percató de que aquel cuerpo de su víctima ya estaba partido: ¡en tres pedazos! ¡Y ni siquiera se había dado cuenta!

 

Paralizado, no supo cuándo ni cómo dio el primero de muchos gritos de terror. Con los ojos casi fuera de sus órbitas siguió dando gritos hasta que los demás intentaron tranquilizarlo. El mismo joven, con la modorra en su rostro, retiró con discreción el machete para evitar un incidente de peores consecuencias.

 

En la confusión del griterío todos preguntaban qué había sucedido. El viejo jadeaba y sólo movía su cabeza de un lado a otro como dando a entender su incredulidad. ¡Estaba partido! ¡Juro que estaba partido! –exclamaba eufórico y nadie entendía nada.

 

A rastras, entre varios rústicos mercaderes de los ahí reunidos, sacaron al gambusino para que le diera el aire y recobrara el conocimiento (que, por cierto nunca volvió a recobrar).

 

Mientras tanto, dicen quienes conocen el final de esta leyenda, el muchacho contó los sucesos de aquel día: habló de la intención avariciosa de aquel hombre; también platicó que desde pequeño aprendió de su familia a invocar la protección de La Magnífica ante cualquier peligro. –seguramente esta leyenda nació en el momento en que aquel joven completó su plegaria en tres partes, a cuyo rezo la Virgen respondió exhibiendo su cuerpo de aquella manera, para impedir tanto su muerte como el hurto de su modesta riqueza.

 

Fuente: Semanario Chopper

Edición: De Tour por Guanajuato