Había una vez...


La presa de la Olla

“Chente El Cambujo asesina a tahúr tramposo. Vacía tamaño pistolón en la barriga de su víctima…”

Con estas palabras daba comienzo una nota arrinconada en las últimas páginas del periódico “El Republicano” allá por los años cincuenta del siglo diecinueve. 

 

La mañana del 24 de junio de mil ochocientos y tantos había amanecido lluviosa y auguraba negros presagios para la Fiesta de San Juan. Para entonces tanta lluvia había cobrado ¡siete víctimas!: tres personas ahogadas y cuatro burros (también ahogados) y aún así el espíritu festivo imperaba en la Presa de la Olla.

 

Decenas de puestecillos multicolores se amontonaban en las márgenes de la Presa y las laderas de los cerros. Comederos y fogones que invitaban a comer, escenarios con títeres para el deleite de los niños, volantines caballitos, carpas para cirqueros rústicos, danza de los concheros y del torito, palo encebado, tabernas provisionales donde se expendían aguamiel, pulque y aguardiente, palenques y garitos para echar a volar la suerte.

 

Y es aquí donde entra Chente a escena. Después del mediodía, luego de algunas vueltas entre los puestos y las carpas, se sumó al grupo de mirones que estaban a punto de presenciar la famosa apertura de La Presa. Es decir, el momento en que un reo, después de que lo hicieran bajar con unas cuerdas a la base de la cortina, abriría la compuerta inferior del embalse. Su vida corría el mayor de los peligros, ya que el sedimento lodoso y el embate del agua, al verse liberados, arrasaban con todo. Si por la gracia de Dios el reo conservaba la vida, se daba por concluida su condena. Así, soltadas las aguas, de aquel condenado no quedó ni el rastro. Seguramente en el curso de las tenebrosas bóvedas el muertito ya llevaría los ojos pelones. La gente celebró con aplausos y gritos.

 

A Chente, en cambio, le quedó el humor sombrío y se le amargó la boca. Por eso se arrimó a echarse unos tragos en una tabernilla donde también se jugaba a las cartas. Un poco más animado por los alipuses que se echó, recobró su brío, y con voz de mando pidió lugar en una mesa de juego. Ya integrado en las partidas de conquián el humo de los cigarritos y las rondas de mezcal de la sierra no cesaban de animar el juego de naipes. Realmente se apostaba poco dinero, y aunque Chente obtenía ganancias no daba motivos de envidia. Sin embargo, el tallador tuvo la ocurrencia de trampearlo juego tras juego, un poco por divertirse a sus costillas y otra tanto por no dejar que se llevara los pesillos en disputa. Para entonces ya se iba dando cuenta Chente de la maniobra y la burlita y hasta él mismo se prestó haciéndole al tonto para ver hasta dónde llegaba la carajada de aquél.

 

Cuando pardeaba la tarde y ya empezaban a prenderse los quinqués, y las familias regresaban a sus casas, cuando los borrachitos ya iban al hombro de sus esposas balbuceando terquedades, aquella fatigada multitud oyó seis balazos. La boruca, los gritos, la sorpresa, el desorden. ¿Qué había ocurrido?

 

La gente corrió hacía la carpa y se arremolinó alrededor del difunto tallador que boqueaba sangre sobre la mesa cubierta de naipes, aguardiente y ceniza. Con los ojos inyectados Chente El Cambujo nada más murmuraba malas palabras sosteniendo en la mano su humeante pistolón. En un abrir y cerrar de ojos cinco gendarmes de fieros alientos y viejas carabinas rodearon al presunto responsable del crimen. Chente ni ofreció resistencia, pero conservó su morena altivez.

 

Nuestro desconocido cronista aquí regatea detalles y nos pone de sopetón en la penitenciaría de Celaya. Diez años de penurias, de abandono, de trabajo forzado, de chinches y pulgas, de pestilencia y mugre no lograron doblegar al Cambujo. La rueda del destino ya preparaba un nuevo giro, que volvió a colocar a Chente en la Presa de la Olla. De los tenebrosos tribunales de Guanajuato –y por mandato del gobernador– el reo fue requerido para abrir la compuerta de la Presa en la fiesta de San Juan.

 

Con alegría, con esperanza, con miedo, Chente El Cambujo se dejó conducir custodiado por diez soldados a la Alhóndiga. Mientras la carreta era jalada por un viejo jamelgo que sufría los accidentes del camino, este hombre iba sumido en su silencio. Nadie precisa los días en que estuvo recluido en el bastión de Granaditas, pero todos recuerdan el semblante dichoso, iluminado y optimista del reo cuando lo vieron atravesar, entrada la mañana por el jardín rumbo a la Presa.

 

Aquel día de San Juan amaneció despejado y el cielo azul de Guanajuato presagiaba favorables augurios.

 

Cuando Chente El Cambujo vio que retiraban las cuerdas con que lo bajaron a los pies de la cortina de la Presa de la Olla, se sobrecogió de frío, pero de inmediato consiguió reponerse y adaptarse. Llegó la hora, y con ella la orden: ¡Jala Cambujo!. Con la tensión de un arco puesto en cada músculo, se aferró de la gruesa cadena de la compuerta y la abrió: la inmensa mole de agua y lodo invadió al instante el cubo del lugar y se levantó la brisa. En aquel formidable torrente fue imposible distinguir a Chente El cambujo. La gente celebró, como cada año, con gritos y aplausos; el gobernador, como cada año, berreó un discurso y todos se olvidaron, como cada año, del reo indultado.

 

Seguramente El Cambujo iba que no cabía de gozo mientras la corriente lo arrastraba por las mohosas bóvedas; seguramente iba pensando en su parcela arbolada y en su viejo caballo tordillo, seguramente ya palpaba la luz al final del viejo túnel.

 

Algunos dicen que después lo vieron trabajar sus tierras en Acámbaro, otros cuentan que jugaron a las cartas con él en un secreto rincón de la misma Presa de la Olla; y hasta hubo quienes dijeron que Chente era su padre.

 

Lo cierto es que el espíritu del cambujo, aún merodea por la cortina de la Presa y de vez en cuando se oyen sus sonoras carcajadas.

 

Tomado del libro Prodigios y Maravillas de Guanajuato de Juan Octavio Torija, Jorge Olmos Fuentes.