Había una vez...

La presa de los Santos

Hace tiempo que el principal camino que había para salir de Guanajuato hacia el sur era el que conduce a Marfil. Al caer en decadencia de las minas, fue abandonado no sólo el camino, sino el poblado entero y su parroquia.

 

Poco antes de que esto sucediera, como a los dos tercios del siglo XVIII, fue construida la presa de Los Santos, llamada así por las ocho estatuas de piedra que aquí se encuentran. Cuenta la leyenda que cada uno de los nobles que fueron los dueños de las haciendas que hubo en esa región, mandó construir  estas esculturas, que al final cubrieron toda la cortina.

   

Bueno pues uno de esos grandes señores que por allí vivieron en los tiempos de mayor bonanza en Guanajuato, se había convertido  en una verdadera amenaza en la ciudad como destructor de hogares  y como espadachín famoso que en duelos de honor o en vulgares peleas, dio muerte a varios hombres pacíficos que simplemente defendían su dignidad.

 

Su mala fama se extendía por toda la región: la sociedad lo señalaba con índice de fuego y la iglesia lo había castigado con  la excomunión. Pero de ningún  modo se ponía tregua a su escandalosa conducta. Todos lo odiaban, de buena gana hubieran puesto fin a su vida, pero tipos como este , parece que gozan de ciertos privilegios: las mujeres se le entregaban, aunque ellas sabían que solo las buscaba  para satisfacer sus deseos sexuales.

 

Entre ellas hubo una mujer de noble corazón, casada con un personaje del cual se ha preferido ocultar su nombre, madre de dos hijos y ejemplo de señora, a quien nuestro querido Don Juan  burló una vez, ayudado por una Celestina que, después de administrar un somnífero a su dama, le abrió  la puerta de su recámara al liviano galán.

 

Cuando la bella y respetable dama descubrió el ultraje del que había sido víctima, prefirio acabar con vida antes que  presentarse así a los suyos.

 

Desde entonces, según cuentan los vecinos que viven cerca de la Presa de los Santos, su figura se aparece en las noches, vagando de la casa que está un poco más abajo de la Presa, hasta la vieja Parroquia de Marfil, a donde entra para arrodillarse al pie del comulgatorio. En ese momento aparecerse también un sacerdote, quien le niega la paz que ella va a buscar, la expulsa del templo y ella , con todo el dolor, sale de allí y regresa al que fue su hogar.