Había una vez...


Las sirenas de la Presa del Encino

Corría el año de 1700 cuando llegó a trabajar a la Mina de San Juan de Rayas Luis, un joven de 20 años, buen mozo y que a pesar de su humilde oficio de minero era muy inteligente.

 

Luis Rentería siempre fue muy buen compañero y mejor trabajador, pero a pesar de eso carecía de amigos y no había tenido nunca novia. Era romántico y muy noble, pues su madre le había enseñado a amar todo, la naturaleza, las personas, las aves, en fin todo lo que vivía en la tierra era admirado por el muchacho, quien daba gracias a Dios por haber creado tantas cosas bellas y permitirle verlas.

 

Siempre que podía caminaba por el borde de la Presa del Encino, pues se recreaba con el aroma de los lirios que flotaban en las aguas, admirándolos y perdiéndose en su fragancia. Y fue en una de esas deliciosas caminatas donde al reflejo de la luna, cuando entre sueños creyó ver (¿o vio?) una figura femenina y delgada que se perdía en el agua, a la vez que cantaba una triste y delicada canción de amor.

 

Al principio asustado y después intrigado, Luis corrió hacía donde vio la figura, pero… nada; no se escuchaba el menor ruido ni se veía movimiento alguno, solo un aroma intenso a lirio impregnaba el ambiente.

 

A partir de esa misteriosa noche el joven minero no encontró sosiego y en su diario recorrido acudía a la presa para ver si volvía a ver aquella mujer que lo dejó asombrado y saber si era real o no. Y así, en una de tantas visitas a la presa, por fin vio que de las aguas, exactamente bajo un rayo de luna, emergía la mujer que le quitaba el sueño, de esbelta figura, vestida toda de blanco y entonando una delicada canción de amor, le sonreía y lo invitaba a acercarse a ella.

 

Luis embelesado por la belleza de aquella irreal mujer no reparó en nada, simplemente se dejó arrullar por el triste canto de la dama, quien le extendía su mano para que la acompañara dentro de las aguas y con dulcísima voz le susurraba al oído:

 

–Ven, Luis, te amo, te estaba esperando, sabía que ibas a estar hoy conmigo, acompáñame al fondo de la presa, te tengo reservada una gran sorpresa en mi palacio.

 

El muchacho no acertaba a decir palabra alguna, simplemente estiró su brazo, y al momento de hacerlo, la voz de doña Mercedes, su madre, acabó con el encanto. A su vez la extraña mujer de las aguas desapareció y Luis quedó intrigadísimo con lo que pasaba.

 

–¿Qué te pasa, hijo?– le preguntaba doña Mercedes–; estás de lo más extraño, hoy es tu día de descanso y te la pasaste todo el tiempo aquí en la presa. ¿Ocurre algo que no sepa yo?, ya es muy tarde y no has comido. Y como si despertara de un sueño, Luis contestó meneando la cabeza negativamente y así, callado, regresó a casa con su madre.

 

Más al día siguiente salió de su casa una vez que todos se habían dormido y desesperado llegó a la Presa del Encino, más no vio a su amada, en vano la llamó, le gritó su amor bajo la luz de la luna, ya en su desesperada angustia se desvistió y se tiró al agua, y justo en medio de ella y bajo un rayo de la luna, pidió a Dios con todas sus fuerzas que lo llevara con ella, pero nada sucedió y tuvo que regresar a casa.

 

Ese ritual lo siguió durante meses, era ya el mes de febrero sin que la mujer de blanco apareciera de nuevo, entonces lo que parecía perdido y que jamás volvería a suceder, pasó: Luis llegó a la presa, se desvistió y se tiró al agua, y al llegar al centro gritó de nuevo su amor a la mujer de blanco bajo un tímido rayo de luna, y de pronto no lo podía creer, ahí estaba su amada que lo miraba tiernamente y entonaba su misma triste canción, al momento que le extendía los brazos diciéndole que lo amaba.

 

De pronto las campanas de la cercana iglesia comenzaron a sonar tristemente, y sin saber porqué, Luis sintió un escalofrío que recorrió su espalda y quiso huir, pero no pudo, algo lo ataba a la presa, su amada lo llamaba y él pensaba en su madre, en su trabajo, no sabía qué hacer, algo le impedía salir del agua.

 

Te amo –le dijo la mujer de blanco–, te necesito conmigo, ven conmigo a mi palacio, al fondo de la presa con mis hermanas, te amo, no me abandones otra vez.

 

Entonces por fin, Luis vio a su amada por vez primera a la cara. Era preciosa, poseía unos ojos verdes como esmeraldas, su piel era rosada y su rostro denotaba que no rebasaba los 16 años, sus cabellos eran plateados como el rayo de la luna, más su piel además de suave y aterciopelada, era fría como la nieve de invierno.

 

Luis quiso tomar sus manos para besarla y decirle que estaba dispuesto a todo por ella, pero en ese instante la dama se desvaneció, se perdió en el agua al tiempo que le suplicaba que la acompañara, que no la abandonara.

 

Todo fue en vano, algo pasó, la figura de doña Mercedes se interponía entre los dos, quizá su amor de madre le indicaba que su hijo estaba en peligro, fue tal la impresión de lo que sucedía, que Luis perdió el conocimiento, recuperándolo tiempo después en su casa.

 

Al día siguiente, 14 de febrero, después de prometer a su madre que sólo ese día iría de nuevo a la presa, regresó al lugar donde estaba aquella mujer de blanco, a la que llamó a gritos, más no aparecía, hasta que de pronto Luis se adentró en las aguas y la vio, mientras ella más enamorada que nunca lo tomó de la mano, juntos entonaron su triste canción de amor, y desaparecieron, no sin antes dejar un aroma a lirios impregnado en el ambiente.

 

Al día siguiente unos arrieros que transportaban su mercancía rumbo a Silao, descubrieron a la orilla de la presa un cuerpo inerte, tirado boca abajo, y al voltearlo para ver quién era, descubrieron que era el joven minero enamorado, como ya se le conocía; en su cara se veía una felicidad infinita y en su cintura se podía ver claramente las huellas de un brazo macabro, posiblemente el que su amada le dio como bienvenida a su mundo.

 

El más viejo de los arrieros comentó: –Son las sirenas del mar que aparecen en la presa las que se lo llevaron, cada año cobran una víctima y se lo llevan para que las amen toda la eternidad, ahora tocó a este joven, descanse en paz. Y santiguándose los arrieros apresuraron el paso dejando el cadáver de Luis donde estaba.

 

Y a partir de entonces, cada 14 de febrero, cuando la luna deja de caer sus rayos plateados justamente en el centro de la presa, hay quien asegura ver una pareja de enamorados cantando y perdiéndose en las aguas tomados de la mano.

 

Y hoy, con el paso del tiempo, todo ha ido destruyéndose, de la presa sólo queda la oquedad, y los alrededores se llenaron de casas; pero aun así hay quien asegura que el Día del Amor se escuchan cantos tristes, y que al reflejo de la luz de la luna se distinguen tenuemente las siluetas de aquella pareja.