Reto en el panteón

Entre un grupo de amigos, que eran estudiantes había un joven llamado Luis, era un jovenzuelo que siempre sobresalía entre todos ellos, por diferentes razones, pero sobre todo porque a su alcance estaban todos los recursos que se necesitaban en sus tiempos, para estar casi siempre adelante de sus compañeros en cualquier cosa que ellos emprendieran juntos. 


Todas sus iniciativas salían de su imaginación, que sin duda alguna era muy privilegiada, pues cada idea que siempre proponía hacía que que sus amigos se quedaran admirados. Luis llegaba a pecar de orgulloso y egolatría pues normalmente triunfaba en todo lo que emprendía, era muy exitoso. 


En una ocasión queriendo hacerse notar como solía hacerlo, por sus ideas tan  extravagantes, invitó a sus amigos para hacer una apuesta tan rara como irreverente; les propuso lo siguiente: El que se sintiera "más hombre" de todos, debería de entrar al cementerio de la ciudad a las doce de la media noche, llegar hasta el fondo del lugar y tenía que dejar una  señal para que todos pudieran comprobar al día siguiente que en realidad había estado ahí. 


Como siempre, Luis daba la idea, pero no la realizaba él, sino que proponía quien lo hiciera, y casi siempre proponía a Jerónimo, porque era un joven muy atlético y físicamente era el más fuerte entre todos ellos, al mismo tiempo era muy dócil y el más sumiso de todos y en todo momento estaba dispuesto a cualquier cosa si era por sus amigos. 


Sin embargo, en esta ocasión uno de los amigos dijo: "Yo creo que no es justo eso, deberíamos de echarlo a la suerte y sin ventajas. El que pierda será el que entre al camposanto".  Todos quedaron de acuerdo, echaron una moneda al aire y ¡oh 

sorpresa!, Luis fue el que perdió en los volados y  le correspondería a él perpetrar esta osadía que había sido su propia idea. Aunque en el fondo era un poco cobarde, esta vez sentía un temor de una manera muy particular; pero por orgullo no podía quedar mal entre sus amigos y tuvo que disimular su miedo ante la macabra idea. 


Llegado el momento, el grupo se encamino hacia el panteón, en esos tiempos se usaba en vez de abrigos, una amplia capa de estilo español.  Así que imagínense al grupo de muchachos ya en la puerta del camposanto.


La señal que habían pactado, era que Luis debía clavar una estaca en alguna tumba de las que estuvieran hasta el fondo del panteón, pues de esa forma tendría que atravesar totalmente el camposanto. Sin poder retractarse, Luis tenía que entrar y después de algunos suspiros nerviosos que hicieron que se notara un poco preocupado, entró...


El ánimo le sobrecogía. En cuanto se sintió un tanto alejado de sus amigos, empezó a silbar una tonadita que en ese mismo momento inventó, de esa manera quería distraer la imaginación y ayudaba a controlar sus nervios. 


Llegó por fin a la última hilera de tumbas, cerca del lugar donde se encontraba precisamente la entrada a las catacumbas en donde se encontraban todas las momias. Tenía en una mano la estaca y en la otra una piedra, que le iba a servir de martillo; de ese modo se dispuso a cumplir su macabra, atrevida y sacrílega misión...


Colocó la estaca en el suelo sobre la tumba que estaba mas cerca de él y con la piedra dio tres, cuatro, cinco golpes... pero en realidad no supo cuántos fueron, sus piernas apenas lo podían sostener de la temblorina que le pegó, cuando estaba ejecutando el final de su osadía, en su cerebro se le agolpaba la sangre, y un terrífico escalofrío le recorría todo el cuerpo, el corazón le latía más aceleradamente que de costumbre y un sudor frío le bajaba por el rostro y por la espalda.


Terminó de clavar la estaca y ya se disponía a regresar, cuando sintió que por detrás alguien lo detenía jalándole su larga capa y lo hacía con gran fuerza, el atrevido joven no quería voltear atrás pues el miedo lo paralizaba; pasaban los segundos, los minutos, las horas y Luis no regresaba. Después de esperar en vano largas horas, sus amigos no se atrevieron a investigar que estaba ocurriendo adentro del panteón y qué había pasado y aunque si bien es cierto que se encontraban con una gran pesadumbre, todos en silencio, sin decir una sola palabra regresaron a sus hogares. 


Al día siguiente el velador del pantéon encontró muerto al joven Luis, que tenía el faldón de su capa clavada en el suelo sobre una tumba.