La momia que sigue con los ojos abiertos聽馃憖

Hab铆a una vez…

Cuentan que hubo un fraile que vest铆a con un tosco h谩bito y calzaba humildes sandalias, llevaba una vida de austeridad y sacrificio.

Este sacerdote fue muy querido por sus virtudes, pues confortaba a los tristes y compart铆a la mesa con los pobres.  Sus obras de caridad fueron legendarias.

Dicen pues que una vez, al cruzar por la plaza del Baratillo, tropez贸 con un sujeto que gozaba de fama por su incredulidad.

-Apuesto que usted, padrecito, no se atreve a tomar una copa conmigo- dijo burl谩ndose del anciano cura.  El ministro, con toda humildad le  contest贸: -Gracias hijo y que Dios te perdone- y sigui贸 su camino. El sujeto sarc谩stico, a pesar de su briaguez, pudo darse cuenta, con profundo asombro, que el sacerdote no tocaba el suelo con los pies, m谩s bien levitaba unos cent铆metros por encima del pavimento.  De momento lo atribuy贸 a los efectos de la bebida pero, mir谩ndolo con atenci贸n, comprob贸 que m谩s de un ser humano, el fraile era un esp铆ritu.

Algunos d铆as m谩s tarde, el sujeto sufri贸 un accidente en la mina en la que trabajaba y, sinti茅ndose morir, se acobard贸 implorando que lo llevar谩n ante un padre para confesar sus pecados. As铆 lo hicieron sus compa帽eros.

-Padre- dijo con voz entrecortada- me acus贸 de haber cometido muchos pecados en mi vida, de haberme burlado de un sacerdote hace poco.

El sacerdote volte贸 a ver al moribundo y le contest贸:    -quedas perdonado hijo, ese padre al que intentaste ofender, soy yo.

El moribundo se cimbr贸 y, con los ojos desorbitados por la impresi贸n, mirando fijamente al religioso, exhal贸 su 煤ltimo suspiro.

Cuentan que entre las momias encontradas en el pante贸n, est谩 el cuerpo de aquel minero que conserva la expresi贸n de horror en su rostro, con las cuencas de los ojos vac铆as y una mueca de espanto que no se quita ni con la muerte.

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